Obras de Montero Zorrilla en el museo de su familia
Muestra. Se podrá visitar hasta el domingo 12 de abril
JORGE ABBONDANZA
Hace quince años que la pintura de Juan Carlos Montero Zorrilla no se exhibía en Montevideo, desde la retrospectiva que se le organizó en el Museo del Gaucho y la Moneda en 1994, cuatro meses antes de su fallecimiento.
La presente muestra en el Museo Zorrilla tiene ahora un clima inevitablemente familiar, no sólo porque se realiza en el museo de Punta Carretas que lleva el nombre de su abuelo, sino porque su hijo Raúl tuvo bastante que ver en la preparación y porque el propio pintor vivió en la casa de al lado, pegada al taller de su tío José Luis y vinculada con la casa del poeta a través del jardín. Quizá por eso las obras que se exponen parecen respirar cómodamente en ese entorno que Montero Zorrilla conoció tan bien y compartió durante tantos años.
En la selección figuran algunos paisajes y varios ejemplos de la serie de los carruajes, ofreciendo así dos de las vertientes de la producción del artista, para que el espectador de hoy tenga una idea sobre las temáticas que frecuentó y pueda apreciar el interés de su pintura, visiblemente ligada al planismo que era la corriente expresiva en pleno auge cuando Montero comenzó su actividad. De esa modalidad tiene no sólo la desenvoltura en la composición y la encantadora luminosidad de los paisajes, sino además la radiante paleta cromática que opera como un atractivo adicional para el contemplador.
Como señala uno de los textos del catálogo, "su entrega, sensibilidad y amor por el oficio dieron como resultado una rica y singular producción. Es curioso que su vocación se afirmara a través de sus ojos y dominara el oficio como lo hizo, ya que tenía dificultades de visión desde su nacimiento. Dejó una obra que, como el buen vino, por el solo hecho de reposar madura y purifica con el paso del tiempo". Dado que Montero Zorrilla era un hombre particularmente retraído ("se mantuvo alejado de los círculos mundanos, aunque no era huraño") su obra tampoco alcanzó una gran divulgación, de manera que mostrarla equivale a remediar el escaso acceso que el público ha tenido frente a ella.
Había nacido en Montevideo en 1912 y obtuvo las primeras nociones de pintura de su tío Pedro Zorrilla de San Martín. A los 15 años comenzó a pintar de manera autodidacta, pero en 1932 se incorporó al Círculo de Bellas Artes y al año siguiente llevó a cabo su primera muestra en la sala del Club Católico. Desde 1938 se presentó en el Salón Nacional de Bellas Artes, donde se le otorgaron premios y menciones en la década del 40 y el 50. Ya en plena actividad, asistió a los cursos de Manuel Rosé en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad del Trabajo, y en 1942 concurrió al Taller Torres García, donde estudió con el propio Joaquín. Desde 1942 expuso asimismo en el Salón Municipal y en 1950 recibió un premio en el primer Salón del Litoral que se realizó en Salto.
En 1957 hace una primera muestra conjunta con su señora Camila de la Bandera, que fue una de las primeras uruguayas en frecuentar la técnica del tapiz. Otras exposiciones de ambos tendrán lugar en 1972, en la Asociación Cristiana, y en 1975 en el Instituto Uruguayo-Brasileño. Pero Montero Zorrilla cumple en la época otras exhibiciones individuales, interviene en muestras colectivas y hasta expone en el exterior: en 1966 en la ciudad de Washington y en 1977 y 1988 en Cataluña. Entre los años 1955 y 1970 tuvo a su cargo el Museo Fernando García, cuya colección de antiguos carruajes le inspiró una de las series más notorias de toda su producción pictórica. En 1970 expone por primera vez esa serie (en la sala de Amigos del Arte). El artista murió en Montevideo en agosto de 1994.
El País Digital